martes, 17 de junio de 2014

No todo es siempre malo, a veces puede ser peor.



Es verdad que Cuba no se ha industrializado en más de medio siglo de gobierno comunista, el desarrollo brilla por su ausencia y las fábricas heredadas de la primera mitad del siglo pasado  se mantienen milagrosamente en pie gracias a la inventiva de técnicos y obreros. Las más recientes, provenientes de la antigua URSS y el extinto campo socialista, funcionan con tecnología que ya era obsoleta cuando fueron instaladas.
Aquello señalado por Lenin de que el aumento de la productividad dependía del desarrollo tecnológico, se cumple aquí de manera negativa; no hay desarrollo tecnológico, luego,  no hay aumento de la productividad y como consecuencia, los alimentos siguen racionados o muy caros.
Pero, no hay que ser tan pesimistas, a cambio de esta des-industrialización, hoy en La Habana solo existen tres industrias capaces de contaminar el medio ambiente: la Refinería “Ñico López” en Regla, la siderúrgica “Antillana de Acero” en El Cotorro y la Termoeléctrica de “Tallapiedra”, cuál de las tres más humeante y pestilente.
Visto el poco interés mostrado hasta la fecha por proveer a las mencionadas industrias del equipamiento necesario para reducir la emisión de gases contaminantes hacia la atmósfera, la población debe estar agradecida de que, aunque es cierto que el desarrollo brilla por su ausencia, al menos los pulmones están menos sucios y toda la afectación no pasa de alguna que otra alergia sin más consecuencias que una tosecita impertinente o un ardor insoportable en los ojos.



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